La ciudad y la hierba

24-06-2011

¿Qué es la hierba?, pregunta un niño. Cuántos aromas desprenden los bosques en verano. Dónde duermen los pájaros durante la noche.

Santiago, México, Bogotá, Madrid…

La luz colma la ciudad durante la mañana al tiempo que aumentan lentamente la frecuencia y el ruido de los autos. Un aleteo extraño se escucha en el comedor, mientras cree pasar de incógnito de los lirios a los jazmines chilenos. En menos de un parpadeo ya se ha ido sobrevolando las hojas de las jacarandas, aunque antes fugazmente había puesto su pico en los malvones anaranjados y en los rojos. No deja de sorprender que, en las alturas de una megaurbe ruidosa y congestionada, los colibríes busquen flores y fabriquen sus pequeños nidos.

La ciudad nunca ha sido concebida para ser un espacio natural, ni su alma es la de acoger a la naturaleza. Su espíritu, por el contrario, ha sido el de alejarse de ella para erigir el mundo moderno y dejar atrás la vida dura y ‘menos civilizada’. Pero a pesar de ello y del halo de desprecio que esto rezume, la naturaleza está allí presente aunque sea en pequeñas cantidades, para fastidiar, si es el caso, o para recordarnos con voz taciturna que no la olvidemos.

La ciudad ha sido fuente de progreso, de creación, de disminución del sufrimiento humano, ha sido el espacio del bienestar y del disfrute; no obstante, también nos ha alejado de los misterios del bosque y de los conocimientos que se habían adquirido sobre el campo. Su ensimismamiento en el tiempo ha creado una burbuja de ignorancia sobre lo que somos y sobre nuestra esencia. Y esta mentalidad gris se concreta cada día en cosas pequeñas, pero bastante reveladoras.

Estamos en la avenida Horacio, una de las calles centrales de la megaurbe, México D.F. Lo que hace más atractiva a esta vía es una alameda peatonal que la atraviesa de principio a fin en más de treinta manzanas. Este paseo necesita básicamente mantener su encanto. Y a ello han creído aportar los que le han vaciado una alfombra de concreto por todo su centro, también de principio a fin, para mejorar el camino rústico que antes tenía…

Estamos ubicados en la avenida el Dorado, la vía que da la bienvenida a Bogotá D.C.; se tomó la decisión de poner a funcionar en ella un nuevo servicio de transporte masivo. Esta construcción ha hecho lo propio, comerse parte de los árboles, de lo poco verde y de las pocas zonas húmedas que le quedaban. Hacia el oriente de esta avenida, se puede contemplar siempre el boscaje de las grandes montañas andinas, aunque a esta calle le esquilmen cada año el poco verde que le queda.

Estamos en una de las esquinas de la Casa de Campo, uno de los espacios verdes más agradables que tiene Madrid. En ese borde hay una intercepción vial que necesitaba más espacio; le hicieron un boquete al parque de por lo menos quinientos metros cuadrados. No existe razón para reparos, urge facilitar la circulación de los motores. Así ha sido el alma de lo urbano, la extensión incuestionable y gradual del hormigón y del cemento para edificar el buen vivir.

¿Por qué los árboles no saben hablar? ¿Por qué existen montañas empinadas que dejan escapar el agua que llevan dentro? ¿Qué significa el verde de los arbustos después de la lluvia…?


El síndrome de déficit de naturaleza

El modo como hemos concebido lo urbano y las ciudades nos ha otorgado muchas cosas, pero también nos ha quitado otras. Lo urbano se halaga a sí mismo por sus logros; pero repara poco en los efectos de su propia abstracción y en la pérdida del sentido básico de la vida en la que caen sus habitantes, una vida de la que dependen.

Los alimentos que necesitamos para vivir, por poner un caso, no son producidos por los campesinos de Second Life o los mercados de World of warcraft. Aquello que hemos perdido ha provocado en los citadinos un estado ‘patológico’, sugerentemente definido por el escritor Richard Louv como déficit de naturaleza.

El significado de este desorden o carencia, un diagnóstico más social que clínico, es muy simple. La ciudad, al alejarnos de la naturaleza, nos lleva a una disminución de la capacidad de encontrar significado en las formas de la vida natural que nos rodean, nos lleva a un conocimiento atrofiado de nuestro entorno[1].

Louv explica que hoy los niños en las ciudades están más conscientes de las amenazas globales a la naturaleza, pero que su contacto físico y la intimidad con ella están desapareciendo. No la entienden, o no se sienten parte de ella. Prefieren dedicar su tiempo libre a jugar con los nuevos aparatos electrónicos que dedicarlo al contacto con la naturaleza al aire libre. Nuestras sociedades han enseñando a los jóvenes a evitar la experiencia directa con ella.

No obstante, el déficit de naturaleza no lo padecen sólo los niños; también lo portan adultos. Y en esto debemos ser francos, sabemos que muchos adultos detestan el contacto con el monte, con los bosques, con el medio natural en general. Y sabemos además que otros no saben siquiera cómo transplantar una planta, o que prefieren no hacerlo para evitar que sus uñas se ensucien de tierra.

Lo urbano apuesta por aquello que juzga sofisticado y alternativo en la carrera de la existencia: esto tienen como consecuencia, entre otras cosas, que la vida natural pase a ser considerada como “aquello”, lo otro exótico, lo extraño. Por tal motivo, no sorprende que, en la abstracción citadina, ésta se haya convertido también en un objeto de consumo televisivo, en el estampado de una camiseta, en fantasía cinematográfica o, claramente, en un objeto que no se toma en cuenta, remarca Louv.

Todo esto sucede a pesar de que cada vez más existen nuevas evidencias sobre los beneficios físicos, psicológicos y estéticos que produce dedicarle tiempo a ella. Nuestros sentidos y sensibilidad se enriquecen; la habilidad para prestar atención se estimula; y se cultivan nuestra creatividad e inteligencia. El acto simple de sentarse regularmente en una arboleda a descansar puede producir ya más tranquilidad que hacer lo mismo en una cafetería[2]. Como individuos y como especies estamos hechos de naturaleza.

¿Cuántos años llevan las olas acercándose a la playa? ¿En qué parte se esconden las turbinas de los pájaros al volar? ¿Por qué las hojas amarillas no perviven más allá del otoño? ¿En dónde guardan las secuoyas milenarias todo lo que saben…?


Sobran razones

Tratar de que los habitantes de las ciudades restablezcan los vínculos con la cotidianidad de la vida natural y de que se recuperen los conocimientos corrientes que se tenían sobre ella, puede ser considerado algo sensiblero y rayano en la ridiculez, pero no lo es. Existen razones diversas por las cuales restablecer estas ligazones.

Unas razones prácticas que se derivan de lo que necesitamos y consumimos, por un lado, y de todo el daño que producimos al entorno, por el otro. Unos motivos éticos y ontológicos sobre lo que somos como naturaleza. Y unas razones estéticas y gnoseológicas anudadas a la capacidad de apreciar y crear.

Existen motivos de peso. Para finales de este año, de acuerdo con los cálculos de Naciones Unidas[3], el planeta alcanzará la cifra de siete mil millones de seres humanos, una cantidad considerable que antes que llamarnos al catastrofismo nos impele a pensar en los retos que se derivan de su incremento. Para el año 2050 se estima que el número ascendería a los nueve mil millones. Estas cifras no representan tanto un problema de densidad, como desafíos en el sostenimiento y en las garantías de buenas condiciones de vida para todos.

Alimentar las bocas del futuro, implicará duplicar la actual producción de alimentos, en unas condiciones en donde la tierra cultivable y el agua consumible son finitas, y en donde además no se tiene certeza sobre las inestabilidades que traerá el cambio climático sobre la agricultura.

Más personas en la tierra conllevan también a aumentar la capacidad de las fuentes de energía para responder a una demanda creciente, y a robustecer las políticas estatales de empleo, vivienda y sanidad para asegurar la inserción social. La relación de todo esto con la vida natural es palmaria, más personas en la tierra significa más presión sobre la naturaleza.

Pero no se trata únicamente de que haya más seres humanos, se trata también de responder a los retos que representan en el lugar donde estén ubicados. Desde 2010 la mayor parte de la población del planeta pasó a ser urbana y, continuando esta tendencia, en el año 2050 la población en las ciudades podría superar el setenta por ciento de la población mundial[4]. Habrá mucha más gente y mucha más en las ciudades, podríamos resumir.

Y, volviendo a la línea de lo que estamos sosteniendo en este texto, ¿habría muchos más afectados de déficit de naturaleza? ¿Mucho más analfabetismo sobre la vida natural? ¿Se padecería de una pérdida mayor de los vínculos con el mundo silvestre? La respuesta puede ser optimista; todo depende de lo que se haga.

¿A qué hora duermen los peces en luna llena? ¿Por qué los árboles se desnudan en invierno? ¿A qué planeta se iría el amor si desaparecieran las abejas…?


Reconciliación

Las ciudades tienen un rostro doble. Son las mayores generadoras de basura, las principales responsables del calentamiento global y las que más representan las disparidades sociales y la miseria extrema del mundo. No obstante, las ciudades son también el motor económico de los Estados y del planeta, son el núcleo de los grandes avances científicos, representan el foro de las artes y de la producción cultural, y su pronunciada densidad facilita los programas de gran impacto contra la pobreza. Las ciudades son fuente de creatividad, y esta creatividad también puede estar al servicio del restablecimiento de los lazos humanos con la vida natural.

Esta reconciliación, con todos los conocimientos que la ciencia ha proporcionado y con los que se puedan recuperar de los más viejos, podría proporcionar mayor plenitud y ser parte de la solución de los problemas que hoy presionan y de los que van a venir en el futuro próximo.

Si los niños lograran tener una niñez más cercana a los bosques, quizá las nuevas generaciones lograrían ser más responsables al consumir; tal vez los nuevos arquitectos dejarían de centrarse tanto en el ladrillo funcional, para interesarse más por integrar nuevos espacios verdes en las edificaciones y en construir corredores y hábitats naturales que atravesaran las ciudades de un extremo a otro. Posiblemente se reconstruyeran las riberas de los ríos que ahora hacen parte del sistema de cloacas de muchas ciudades.

Y tal vez los citadinos verían disminuir sus depresiones existenciales recurrentes si desde los primeros años comprendieran vívidamente que lo que nos ha creado ha sido el acontecimiento de la vida en este planeta, que los humanos somos sólo una parte de la comunidad de los seres que sienten, que respiran, y que sólo por esto la vida tiene sentido y resulta fascinante.

“Un niño preguntó: ‘¿Qué es la hierba?’, mostrándoseme con sus manos colmadas”, escribe Walt Whitman. “¿Qué podía responderle? Yo ignoro, como él, qué es la hierba”. Quizá “[…] la hierba misma es un niño, la tierna criatura nacida de la vegetación”, conjetura.


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[1] Louv, Richard. Last child in the woods: Saving our children from nature-deficit disorder. Algonquin Books of Chapel Hill, North Carolina, 2008

[2] Louv, Richard. The nature principles: human restoration and the end of nature-deficit disorder. Algonquin Books of Chapel Hill, North Carolina, 2011.

[3] United Nations. World Population Prospects: The 2010 Revision. New York, 2011.

[4] UN-Habitat. State of the world’s cities 2010-2011. Bringing the urban divide. United Nations Human Settlements Programme, Nairobi, 2008.

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*Fotografía: Web.

Publicado en: http://www.razonpublica.com/index.php/econom-y-sociedad-temas-29/2161-la-ciudad-y-la-hierba.html

El camino de la Felicidad

29/04/2011

Un pequeño Estado, Bután, que se ha propuesto buscar la felicidad de sus habitantes, y para ello ha diseñado una medida institucional, la Felicidad Interior Bruta -FIB. Una organización establecida en Londres, Action for Happiness, que se ha dado a la tarea de promover un paquete de acciones que contribuya a lograr mayor bienestar y felicidad personal. La felicidad está adquiriendo connotaciones prácticas para vivirla aquí y ahora.

Los estudios contemporáneos sobre la felicidad están alejados de quimeras y trascendentalismos, la definen como un estado personal de satisfacción, de sentirse bien consigo mismo y con la vida. Esta forma de entenderla se convierte en una verdadera exigencia para los estados y la sociedad.

Querer ser feliz es humano. Y aunque la mayor parte de las veces la felicidad nos parezca un ser tan difícil de aprehender y tan fugaz cuando la logramos palpar, no dejamos de insistir en su búsqueda esperando con impaciencia, yendo por ella u olvidándola de vez en cuando para que sea ella la que nos sorprenda. Buscamos en sus sucedáneos, el placer, el éxito, el dinero, la diversión, la fe en algo, confiando tal vez en que alguno de estos atajos nos lleve al abrigadero de la presa principal.

Lisa Napoli es una periodista estadounidense que llegados los cuarentas no sabe qué hacer con su vida. Deja atrás a amigos, amores, ofertas de trabajo para aventurarse en las tierras del pequeño Bután en busca de sentido y sosiego. En su viaje descubre algo por sí misma que ya otros habían descubierto milenios atrás, que lo que ella pueda dar a los demás le hace sentir más satisfecha que todo lo que ella pueda adquirir.

Cada año miles de occidentales hacen este tipo de viajes, uniforme de hippy o ropa de playa en mano, para encontrarle un poco de calma a sus sentimientos de incompletud y frustración, y descubrir un nuevo sentido en sus vidas. Viajan a algún lugar de la India, Nepal, Laos, Camboya o China, se topan con las tristezas de la pobreza y parece que algo descubren. Unos pocos publican sus memorias de viaje, como el caso de Lisa Napoli, que más tarde compran aquellos que no pueden viajar con la expectativa de poder morder un pedazo de consuelo.

No obstante estas aventuras personales, la investigación se ha interesado con mayor detalle en las claves subjetivas, ambientales y biológicas de esa presa escurridiza que llamamos felicidad. Sus conclusiones -que se pueden seguir en Journal of Happiness Studies, Science, Review of General Psychology- confirman algunas intuiciones y viejas ideas que habían sido subvaloradas. En general convergen en que todos los paraísos que nos ofrecen la compra incontenible de cosas, el culto a uno mismo, el individualismo, la hiperactividad, el frenesí de alcanzar el éxito, son falsos.

Sus resultados son también más específicos. Que las sociedades se hagan más ricas no significa que su gente se convierta en seres más felices -no obstante, los ricos en cualquier sociedad gozan de una mayor satisfacción personal que los pobres. Que los jóvenes y los mayores de sesenta, en general, resultan más felices que aquellos que se encuentran en la madurez. Que el altruismo apareja más satisfacción que la entrega a los placeres personales. Que el amor familiar y las relaciones gratas de amistad producen un mayor sentimiento de bienestar que la acumulación de dinero -cuando ya se han cubierto las necesidades básicas. Que los genes están involucrados en la propensión a asumir la vida con mayor o menor satisfacción, pero que las experiencias predominan sobre ellos.

En consonancia con estos resultados se ofrecen recomendaciones. La investigadora Sonja Lyubomirsky de la Universidad de Carolina sugiere, por ejemplo, agradecer a los demás, dedicarle tiempo a la familia y a los amigos, cultivar el optimismo, ser bondadoso, llevar a cabo algún tipo de ejercicio, sonreír un poco más, hacer actividades que apasionen, perdonar. Estas recomendaciones, incluso, están yendo más allá de lo individual y se dirigen a los asuntos de política pública. El economista británico Richard Layard, cofundador de Action for Happiness, recomienda, entre otras cosas, utilizar los impuestos como un mecanismo que contribuya a un mejor equilibrio entre el tiempo que la gente dedica al trabajo y el tiempo libre, mejorar la seguridad ciudadana, luchar contra la depresión y desestimular la comparación social (envidia).

En la actualidad la investigación experimental puede identificar qué se siente, cuánto se siente, dónde se siente y qué huellas deja lo que se siente. Por eso es posible estudiar mejor la felicidad. Y dando un paso más, lo que se espera es que las nuevas conclusiones lleguen también al terreno de las políticas estatales. Si éstas se combinasen, por ejemplo, con los programas de desarrollo habría que asumir los cambios que ello conlleva en los contenidos educativos, en la protección de las relaciones familiares, en el mayor cuidado de los lugares donde la gente comparte y se relaciona, en lo que promociona la publicidad, en el trato que se da a la naturaleza.

La felicidad se ha desprendido de los trascendentalismos que la fijaban en cúspides inasequibles o después de la muerte. Hoy se disfruta de cosas que, en su momento, se consideraron irrealizables. Lograr que la gente se sienta más satisfecha con lo que es y con la vida, que la gente sufra menos y goce de mayor tranquilidad, están en la lista de lo alcanzable, y de lo exigible.


*Fotografía: "Giving", by Action for Happiness.

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El peligro de ser joven

15-04-2011

En la arena de Spartacus lo que más fluye es ese líquido rojo que nos hace vivir, pero que en una pantalla de casa nos recuerda la pasión por lo primitivo. Gladiadores esculpidos en los gimnasios de Hollywood se cortan y despedazan a su antojo para deleitar los gustos actuales, en medio de intrigas inventadas y sexo. La serie tiene todo lo que los productores saben que mueve a la juventud promedio: espectáculo violento, belleza femenina, músculos, libido, intrigas insulsas, perversión. A dónde irá toda esa buena porción de violencia que consume la sociedad y, especialmente, los jóvenes.

En Río de Janeiro no salen todavía de la estupefacción. Wellington Menezes, un joven de 23 años, ensimismado, internauta, simpatizante alguna vez de los Testigos de Jehová, pero también del fundamentalismo islámico, llega al colegio Tasso da Silveira con una pistola calibre 38 y se dedica a disparar cual película de Tarantino. Tirotea a doce adolescentes y luego se suicida antes de que la policía lo capture. Un estilo de masacre que, en principio, se creía propia solo de algunos jóvenes perturbados de los países ricos, de Estados Unidos, de Europa. Pero resulta que no, que los países ricos ya no tienen esa exclusividad, que en una barriada de Brasil también se intenta calcar la masacre ocurrida en Virginia Tech. Brasil ya no es un país para viejos.

Cada día la prensa amarilla trae algún caso de violencia contra jóvenes o perpetrada por jóvenes. Una chica mata a una de sus amigas, Londres. Dos chicos mueren de camino a casa después de ser envestidos por otros jóvenes pasados de alcohol, Ciudad de México. Jóvenes baleados en medio de las protestas, Siria. Un joven rumano estrangula a su novia después de que le dijera que estaba embarazada de otro, Madrid. Amenazas y violencia de distinto tipo aparecen dispersas y se terminan diluyendo en las cosas del día a día. Sin embargo, cuando se organiza toda esa información suelta para saber qué está pasando con más detalle, los jóvenes se ubican como un sector bastante vulnerable. Y las cifras empiezan a corroborar su dimensión.

La revista británica The Lancet ha publicado los resultados de un estudio internacional que muestra que, por primera vez en cincuenta años, la tasa de muerte de adolescentes y jóvenes supera a la de niños tanto en países ricos como pobres. Con las nuevas cifras, ahora no solo hay que preocuparse por la muerte prematura de niños en el mundo, sino también, por la muerte prematura de adolescentes. Específicamente, “los índices de mortalidad de varones de 15 años son ahora dos o tres veces más altos que los de niños varones menores de 10 años”, afirma el estudio.

Las causas principales de estas defunciones obedecen a la violencia, el suicidio y los accidentes de tránsito. La vida moderna parece estar siendo “mucho más nociva para los adolescentes y los jóvenes”, explica Russell Viner, director del trabajo. Tal cual están las cosas, hoy existen más riesgo de morir al llegar a la juventud que durante la infancia.

No existe una sola causa a la que se pueda responsabilizar de la mortalidad juvenil, sino múltiples orígenes que se combinan explosivamente. Urbanización acelerada, dislocación social, depresión sicológica y desesperanza, por un lado; apología, culto al riesgo, y oferta obsesiva de productos culturales violentos, por el otro. Metidos entre la espada y la pared, a veces uno podría preguntarse cómo es que los jóvenes participan de todo esto y no estallan en la misma proporción que toda la presión en la que están inmersos.
A dónde irá toda esa buena porción de violencia que consumen los jóvenes.

Quisiéramos pensar que a lo mejor alguna parte del cerebro transforma o sublima las cabezas decapitadas y las extremidades cortadas a machetazos de los filmes en sueños nocturnos saturados de jardines con flores blancas. Pero nada más ingenuo. Lo que está mostrando la realidad es que se está pareciendo más a las series y a las películas que a jardines primorosos.


Fotografía: Chico -BBC.

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"Mi pueblo me ama"

25-03-2011

No tenemos la facultad de saber el futuro con precisión, pero sí tenemos la capacidad de ver el rumbo que puede tomar. En las revoluciones el futuro parece condensarse en el presente hasta hacer explosión y luego seguir un curso inevitable. Un curso en el que unos se embarcan sabiendo que existen acontecimientos incontenibles; y al que otros deciden oponerse con todas sus fuerzas, infructuosamente.

Cuando llega la oscuridad de la noche, con la exactitud de un reloj, los bombarderos invaden el cielo libio y comienzan los ataques sobre las defensas antiaéreas. Éstas y otros componentes de artillería pesada han sido los equipamientos militares destruidos. Todos saben hacia donde se dirigen los misiles de aquellas aeronaves. Sin embargo, los soldados, o los milicianos, leales a Gadafi que se encuentran en esas defensas se quedan allí, apostados, esperando con ferocidad un futuro ya consabido.

Cada noche la prensa muestra a alguno de los encargados de esas baterías disparando hacia el cielo. Un fuego rojo ilumina pedazos de un cielo negro, y los destellos se suceden al igual que en una vieja feria de juegos pirotécnicos. A qué apuntan esas baterías, hacia dónde se dirigen esas ráfagas que hostigan al firmamento. Se dirigen a ninguna parte, a ningún objetivo alcanzable. Entonces, qué hacen esos soldados allí, seres que con seguridad tienen a alguien que les ama y estará preocupado por ellos, en esos pertrechos militares que en nada pueden detener la ofensiva de aviones invisibles. Por el contrario, con cada ráfaga que lanzan al aire están indicando el lugar exacto desde el cual disparan y, por lo tanto, el siguiente objetivo al que los aviones extranjeros van a apuntar.

No deja de sorprender ese empeño que tienen ciertos soldados de morir gratuitamente. Saben que su destino es la muerte, pero tal vez están convencidos de que el futuro les llenará de gloria, y la gloria, para algunos, es superior a la muerte. Sólo que en este caso a todos los que han elegido permanecer del lado contrario a la avalancha revolucionaria que se ha apoderado del Norte de África no les acompañará la gloria.

A Gadafi y sus fieles les ha costado leer el rostro de la nueva historia; contrariamente, tratan de aferrarse como todos los viejos regímenes a los puños desgastados de su propia ficción. A principios de febrero empezaron las manifestaciones antigubernamentales en Libia, éstas se inscribían en las protestas que se iniciaron en Túnez y Egipto. Libia es un país distinto, decía Gadafi. Allí no existían partidos políticos ni algo parecido a condiciones democráticas, por lo que no tenían cabida revueltas del tipo que se estaban presentando en la región. La gente siguió protestando en Trípoli, en Benghazi, y en otras ciudades. Correrán ‘ríos de sangre’ si continúan las protestas advirtió uno de los hijos de Gadafi. Y los ríos de sangre han corrido.

Las protestas sin armas fueron conducidas en cuestión de días, a punta de artillería y de mercenarios contratados en Chad, Nigeria y Mali, al terreno de la guerra. La idea era hacerse con la victoria rápidamente, sin embargo, esto no ocurrió ni parece que vaya a ocurrir. Mucho menos ahora que el país ha sido sometido por países occidentales a embargos, bloqueos y acoso militar en mar y aire.

Pero ni aún estando en medio del caos que su táctica desproporcionada ha generado, Gadafi puede contemplar bien la realidad. ‘Mi pueblo me ama’, ha dicho, “y morirían para protegerme”. El amor es una palabra tan crédula y al mismo tiempo tan poderosa, no obstante, adversamente, lo que sucede en Libia no parece tener nada que ver con ella. Ni gloria, ni amor.

Cada noche con exactitud, pasadas las ocho, vuelven los bombarderos a cielo libio. Las pocas baterías antiaéreas que quedan reaparecen disparando al firmamento. La historia sigue su curso incontenible, aunque Gadafi piense que todo su pueblo le ama.


*Fotografía: Una mujer rebelde celebra en Benghazi la salida de las tropas leales a Gadafi -Goran Tomasevic/Reuters, 19-03-2011.

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Ni de Venus ni de Marte

04-03-2011

No somos ángeles, ni luciferes. Tampoco máquinas superiores. Aunque a veces nos creyéramos que algo de todos ellos tuviéramos. Somos seres más sencillos, con raíces largas que se extienden desde piernas y brazos hasta el humus de la tierra. Esto a veces se olvida y terminamos creyendo que somos seres de una naturaleza extraordinaria, hecha para todo tipo de caprichos. Y con ello terminamos también despreciando ideas sencillas que ya habían sido dichas y vueltas a decir.

Todos lo hemos visto en algún momento. Padres que alejan a su progenitura, nacida en Venus o en Marte, del contacto con sus amigos para evitar que la respiración o las manos ajenas contagien a sus vástagos con alguna enfermedad terrenal. Madres que no soportan ver a sus hijos sucios de barro cuando juegan en el parque o en el bosque. Citadinos obsesionados con la pulcritud de sí mismos y de su entorno inmediato.

No se les pude culpar en su totalidad por esta aprensión, porque los cuidados en la higiene actual son parte de la salud que nos hace modernos. Pero el aseo no puede ser en exceso, necesitamos el contacto con la tierra, con las manos sucias, con el bosque para ser más sanos. Esto es lo que nos viene a recordar ahora la ciencia médica.

En la reciente edición de la revista Focus de la BBC se explica que la tesis más fuerte sobre el incremento de las alergias en el mundo, especialmente en los países ricos, se debería al poco contacto que tenemos con algunos microbios durante la infancia. La ausencia de este contacto y el estilo de vida antibacterial estarían provocando problemas de inmuno-regulación. Al evitarse las infecciones graves durante la infancia, el sistema inmunológico no maduraría propiamente. Esta tesis toma fuerza al saberse también que en general en los países en vías de desarrollo, y en las zonas rurales de los países ricos, las alergias son menos frecuentes.

El espíritu de este estilo de vida antibacterial se encuentra en muchas otras ideas que hemos acogido con entusiasmo, pero a las que los hechos les van quitando su fulgor inicial.

Anclados en un embotellamiento en medio de una gran avenida de regreso del trabajo. Allí estamos, con las manos sudorosas, esperando al frente del mismo semáforo que ha cambiado a verde varias veces sin que podamos avanzar siquiera un pelo. De vez en cuando suena la bocina de algún desesperado que maldice a la ciudad entera. Visto desde el cielo, parece un juego de niños casi organizado, para cada carrito un muñequito plástico esperando.

El ideal de felicidad urbano, el automóvil, multiplicado por millones no parece que nos acerque al edén perdido. En contraste, los expertos en desarrollo urbano han regresado a la idea de sacar las bicicletas a las calles de nuevo. Una ciudad avanzada es aquella donde la gente camina más, donde se extiende el uso de la bicicleta y donde se intensifica el uso del transporte público, enfatizan. Un golpe al uso del automóvil privado. Así somos, un paso adelante hacia embotellamientos que enloquecen para tener luego que voltear la mirada en busca de las bicicletas empolvadas que permanecen en el trastero.

Por qué nos entregamos del todo a nuevos gustos e ideas que luego resulta que no son tan buenas como se vendieron inicialmente. Probablemente existe una conducta de grupo que nos lleve a elegir la tendencia de moda. Quizá es una propensión a un tipo de admiración que se deslumbra con lo nuevo y bloquea cualquier indicio de reparo. Posiblemente reina algo más profundo en la naturaleza humana que nos lleva a buscar el bienestar de la manera más placentera posible. O tal vez, sencillamente el ensayo y el error sean la forma natural del aprendizaje social. Unas generaciones se obnubilan con ideas o artilugios que parecen liberadores e imperecederos, hasta que algunos, tiempo después, se percatan de las fisuras de esas ideas.

Concepciones erradas a las que les descubrimos su rostro ahora. Otro ejemplo. Jóvenes que antes de graduarse de la universidad estiman que ya se merecen el mejor salario del mercado. Jóvenes empeñados en hacer cualquier extravagancia para lograr un instante de fama que les resuelva la vida por siempre. Las cosas fáciles, el éxito ojalá garantizado desde que empecemos a gatear.

En contraste con estas opciones, que continúan inflamando corazones, sicólogos, líderes políticos y especialistas en gerencia de personal vuelven a una idea ya remarcada por las abuelas de los abuelos. Que el esfuerzo, la disciplina y la constancia son fundamentales para ser mejores en el arte que elijamos. Y opuesto a la vagancia eterna como sinónimo de bienestar, la investigación social está demostrando que es en el trabajo, especialmente aquel que nos apasiona, donde alcanzamos los mayores estados de creatividad y, paradójicamente, eso que llamamos felicidad, concluye el experto Mihaly Csikszentmihalyi.

Esta vuelta a sugerencias simples y terrenales la estamos presenciando en asuntos de todo tipo. Caminar y correr; antes que el sedentarismo que nos convierte en seres adiposos. Beber más agua; antes que bebidas edulcoradas. Comer más verduras; antes que jugosas grasas y tentadores carbohidratos. Leer, estudiar idiomas, practicar meditación, compartir con los amigos, si se desea ser más inteligente; antes que confiarle ese propósito a un juego electrónico o a medicamentos estimulantes.

Seguro que los conservadores verán en la revalorización de viejas ideas un buen pretexto para que volvamos a la era de las cavernas. Pero nada está más distante de lo que se desea resaltar aquí. Los seres humanos progresan, sin embargo, no todo lo que brilla en las ofertas de ese progreso nos provee del oro que esperamos. Básicamente, aquello que nos podría proporcionar tranquilidad y bienestar apunta hacia estilos de vida simples, menos artificiosos y más cercanos a nuestra naturaleza terrenal. Esto es una idea bastante antigua también.


*Fotografía: Comisionada de transportes de Nueva York (Randy Harrys/The New York Times 2007).

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Escobas y bombarderos

25-02-2011

Barricadas, piedras en el aire, pancartas en inglés, tiroteos de madrugada, edificios oficiales ardiendo, gente abrazando a soldados, jóvenes ensangrentados en medio de las revueltas. Todo tan real, la lente no espera a que el pan salga del horno; está dentro del fuego que cuece. Revolución es una palabra que sonaba a antigüedad, que olía al humo de las viejas antorchas y remembraba el coraje de los tatarabuelos. Quién habría de apostar que a principios del siglo XXI el mundo iba a presenciar revoluciones con mayúscula en el mundo árabe. Y que éstas iban a ser emitidas en directo, para no tener que imaginarse los rostros y la vestimenta de la gente que se impuso en las calles, sino para conservarlos en la memoria electrónica de cámaras y teléfonos personales.

La historia inunda ahora los ojos con abundantes imágenes enviadas desde aquella parte del mundo. Mujeres con pañoletas y el puño en alto en Túnez, hombres que dormían en escampados de la Plaza Tahrir de El Cairo recobrando fuerzas antes de continuar las protestas, niños que han sido baleados por mercenarios contratados para contener las protestas en Libia. Transmisiones en directo que han incidido en la expansión de las revueltas a otros estados. En todo ese material sorprenden dos hechos muy particulares y contrapuestos pero que denotan, uno las esperanzas, y el otro las crueldades de esa tormenta sin final cercano. En el primero, los egipcios barren la Plaza Tahrir después de que Mubarak fuera obligado a dejar el poder. En el segundo, aparece uno de los aviones de combate que Gadafi ha enviado para bombardear a los que protestan en su contra.

Un día después de que triunfaran los manifestantes, la gente salió a barrer la Plaza Tahrir, el centro de la revolución en Egipto. Levantaban los autos incendiados, quitaban tablas y pedazos de latón que días antes fungieron de protección contra las piedras y las bombas molotov. Madres e hijas, jóvenes y viejos amontonaban los escombros con escobas que traían de sus casas. Apilaban bolsas de basura que a veces se rompían por el peso. Hasta la estatua principal de la plaza fue limpiada. ‘Clean Egypt if you love Egypt’, tenía escrito un joven en su espalda.

En otra parte de la región, en medio de la desesperación, Gadafi y sus militares cercanos quieren mostrar su inteligencia a la hora de contener las manifestaciones en su contra. Libia es una dictadura diferente. Libia no es Túnez ni Egipto, emanarán ríos de sangre y el país caerá en una guerra civil, dice uno de los hijos del que se hace llamar, paradójicamente, líder de la revolución Libia. Y he aquí esa imagen de un avión de combate libio, de un acorazado de acero, que acababa de aterrizar en Malta después de que su piloto desobedeciera la orden que había recibido de bombardear a los manifestantes. Aviones de guerra contra piedras. Así es como se aplaca el posible triunfo de una revolución, matando a diestra y siniestra, para que el resto de dictadores que aún quedan en el mundo tomen nota y emulen. Los ciudadanos libios también envían imágenes reales de lo que está ocurriendo, a pesar de las restricciones que existen a la comunicación.

La lente sigue captando mientras el iris se engorda con todos estos acontecimientos que se viven en directo. Aquellos que aseaban, recogían escombros, fregaban paredes y lustraban estatuas en El Cairo sabían que seguían siendo observados por el mundo. La familia Gadafi, que ahora se atrinchera en Trípoli, supone que el mundo no observa el calibre de la represión que están llevando a cabo, nada más lejano de la realidad visual del mundo actual.

Existen a veces entre los seres humanos actos cercanos, actos que evocan la textura del cuidado. El acto de barrer, de limpiar, de recoger la mugre que uno ha generado es una acción sencilla y básica de civilización. Y existen otros tan desproporcionados, como ordenar bombardear a manifestantes que exigen el final de un régimen, que sólo pueden aludir a la barbarie y la locura.

Las revoluciones no se caracterizan por el sosiego aunque al final se puedan ver rostros cargados de alegría. Contrario a lo que se pueda desear, dejan huellas de sangre y turbulencias que se extienden durante largos períodos. Sin embargo, también cada una deja ejemplos singulares al lado de los macabros. Tal vez la de Egipto sea la única donde los protagonistas han salido a barrer las calles después de la victoria.

Una imagen que renueva la historia borrosa de las viejas revoluciones. Un testimonio visual que se puede reenviar.



*Fotografía: Voluntarios egipcios limpian las calles después del triunfo de las revueltas (Ben Curtis/AP 13-02-2011).

Publicado en: http://www.diariocritico.com/2011/Febrero/opinion/madrid/256401/madrid.html

Furias

o4/02/2011

Casas arrastradas por la corriente, restos de cuerpos esparcidos en el suelo, revoluciones sociales que triunfan contra los déspotas. El año occidental apenas comienza, en un planeta donde acaecen eventos extraordinarios. Inundaciones en casi todos los continentes; atentados terroristas que matan a muchos; y revoluciones dirigidas a derrocar a dictadores.

Todo está sucediendo en grandes proporciones, sin que parezca existir conexión alguna entre estos eventos.

El agua cae a su ritmo y sube hasta donde quiere. En su travesía inunda cultivos enteros, arrastra todo lo que su fuerza le permite, casas, autos, árboles, murallas de cemento, ganado, gente. La desproporción de su furia hace ver insignificante la capacidad humana de respuesta. Devastación en Australia, millones de afectados en Colombia, Filipinas y Sri Lanka, centenares de muertos en Brasil.

Las previsiones que desde años atrás se vienen haciendo sobre los posibles efectos devastadores del cambio climático pueden ser fáciles de digerir en el papel, pero muy difíciles de soportar ahora que empiezan a golpear de forma extrema a la gente.

El primero de enero puede ser un día tranquilo, un día de regocijo para muchos. Pero los cristianos de Egipto no podrán decir lo mismo. En la noche de Año Nuevo en Alejandría, mientras se celebraba una misa, un hombre bomba se explotaba a la salida de la iglesia matando a una veintena de personas.

El veinticuatro de enero el aeropuerto internacional de Moscú fue estremecido por otro hombre-bomba. El suicida había escogido la zona de llegada de pasajeros con el propósito de matar al mayor número posible de viajeros. Mató a una treintena.

El atentado en la ciudad egipcia parece inscribirse en una yihad global promovida por extremistas islámicos; el de Moscú, con separatistas islámicos procedentes del norte del Cáucaso. Estos hechos sangrientos tienen en principio causas y objetivos distintos, no obstante confluyen con el aumento del terrorismo islamista y su amenaza en casi todo el mundo.

La gasolina es bastante inflamable, y puede llegar a ser peligrosa. Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante de un pueblo perdido de Túnez, acababa de ser humillado una vez más por la policía y una funcionaria municipal, había recibido una bofetada y le habían quitado su mercancía. Bouazizi compro un galón de gasolina, bañó su cuerpo en él y se prendió fuego.

Su ira se ha extendido a todo el norte de África, una región gobernada por dictadores y monarcas, que han hecho del despotismo y el latrocinio el modo de atornillarse en el poder, de espaldas a la precariedad en la que vive la mayoría de la población. “Pan, agua, libertad”, “Fuera Ben Ali”, han gritado en Túnez; “Fuera Mubarak”, gritan en Egipto; “Fuera Saleh”, se escucha en Yemen.

Las revoluciones del norte de África hacen parte de esa fuerza que busca en el mundo la desaparición de los autoritarismos. La idea es clara, “se ha acabado el tiempo en que los Gobiernos sobreviven con la represión”, ha resumido el primer ministro de Turquía.

Nada parecen tener en común todos estos eventos que le dan la vuelta al mundo. Los torrentes que azotan a Australia parecen muy lejanos de los hombres-bomba que se inmolan en Rusia y aún más lejanos de las piedras que lanzan los jóvenes en Egipto. Sin embargo, todos ellos pertenecen a las grandes tendencias del futuro.

Las consecuencias de los cambios extremos del clima estarán presentes durante al menos todo este siglo. Y entre más prosigan los gobiernos dilatando la llegada a acuerdos concretos para controlar y reducir el impacto de la acción humana en la naturaleza, los desastres podrían ser peores.

El terrorismo extremista continuará siendo una amenaza real mientras siga existiendo la opresión, mientras la solución a la pobreza y la ignorancia sigan siendo aplazadas, y mientras los seguidores de las distintas religiones sigan considerando superior su creencia por sobre la de los otros.

Y la presión del inconformismo social sobre los gobiernos se irá incrementando debido a las grandes disparidades sociales y los sufrimientos evitables que aún subsisten. En un mundo media-visualmente comunicado, el bienestar y el fin de la opresión constituyen aspiraciones en cualquier rincón olvidado del planeta, que los gobiernos ya no podrán seguir posponiendo.

El siglo apenas despunta. Aún queda mucho por ver.

*Protestas anti Mubarak en Egipto -Reuters 2011.

Publicado en:

http://www.semana.com/noticias-opinion/furias/151292.aspx

http://www.diariocritico.com/mexico/2011/Febrero/opinion/marlon-madrid/253352/marlon-madrid.html

http://www.diariohorizonte.com/noticia/9997/furias


Que sea apuesto, inteligente y de ojos azules

7-10-2010

Ella ve con cierta ansiedad que se está acercando a los cuarentas, su novio ha decidido
extender un poco más su juventud no teniendo hijos por ahora. Ella se desmarca y decide ser madre soltera por convicción, se dirige a un centro de reproducción asistida y no lo piensa dos veces, escoge entre la oferta del banco de espermas el prototipo caucásico de ojos azules, bien tiene ya con sus genes latinos. Sus padres no entienden esta decisión; su círculo íntimo de amigas lo entiende mejor. El niño nace; sus ojos lo hacen ver realmente apuesto. Su noviazgo se va al traste.

Las almas ya no corren detrás de viejas locomotoras para intentar llegar al destino al que arribarán sus dueños; ahora lo hacen detrás de trenes de alta velocidad. El alma no siempre es más rápida que los acontecimientos, no siempre se acopla tan rápido. El Instituto Karolinska de Suecia le acaba de otorgar el Premio Nobel de Medicina a Robert Edwards, uno de los creadores de la fecundación in vitro. Un reconocimiento que llega treinta años tarde. La primera niña probeta, Louise Brown, tuvo su primer bebé hace ya algunos años. La fecundación in vitro es ya un recurso normal, nada de novedoso, al que acceden cada año miles de parejas que no pueden concebir un hijo de forma natural. La ciencia ha ido más allá.

Cada vez hay más parejas jóvenes que recurren al enfriamiento de embriones para luego utilizarlos en la edad madura. De esta manera postergan la maternidad y logran prolongar la fertilidad de la mujer hasta una edad más avanzada. Eligen primero sortear la juventud, lograr mayor seguridad económica y sentirse más preparadas emocionalmente antes de tener un hijo. Ya no sólo se puede concebir fuera del útero, sino que los embriones se pueden enfriar bajo cero para procrear después, también se puede elegir el sexo del futuro bebé. Se sabe que la ciencia viene cambiando la vida íntima, pero nadie tiene un mapa de todas las implicaciones que está trayendo a cuesta.

Con los avances en la secuenciación del ADN, la modificación genética, las células madres y la manipulación de embriones, pronto los progenitores podrán escoger cuán inteligente, bella y empática quieren que sea su criatura. También podrán evitar que desarrolle alguna enfermedad específica, escribe el investigador Steven Potter (Designer Genes: A New Era In The Evolution Of Man). Nada de esto es ciencia ficción. La secuencia del ADN de una persona se puede conseguir en sólo una semana a un costo de diez mil dólares. En un futuro cercano, esto se podrá lograr en horas y por sólo algunos cientos de dólares, afirma el autor. Si las actuales generaciones tienen ya bastante que pensar sobre si conciben o no un hijo, las inmediatamente cercanas tendrán que pensar además sobre qué dotación extra quieren que traiga su descendencia.

A lado de las distintas formas de reproducción asistida, vienen galopando todos los cambios que está trayendo consigo el aumento de la longevidad, especialmente en los países ricos. Con el aumento en el cuidado personal, la prevención de enfermedades, el avance en los medicamentos y la mejora alimenticia ha aumentado la expectativa de vida. En sólo un siglo se ha incrementado en más de treinta años; a esa velocidad se puede esperar que en pocas décadas se encuentren más personas que superen los cien años. Junto a ello, los avances que empiezan a ofrecer la medicina y la genética, hacen pensar en que ciento cincuenta o doscientos años de vida serían una meta seriamente alcanzable, explica el escritor Jonathan Weiner (Long For This World: The Strange Science Of Immortality).

Este aumento de la longevidad se sumará con profundos efectos sobre la intimidad y la vida cotidiana. Su extensión afecta la idea del amor eterno -más de lo que ya está afectada. No es lo mismo el amor romántico cuando se vivía sólo hasta los cincuenta que cuando se puede vivir unas décadas más, o vivir el doble. El amor está dejando de ser una ilusión perdurable para convertirse en un ser vidrioso, quebradizo, un ser muy distinto de aquel con el que soñaron los románticos.

Todos estos avances constituyen un reto ético, un desafío para las autoridades y una prueba a la condición humana. ¿Es responsable quedar en embarazo si ya se ha alcanzado la vejez?, ¿a quiénes se pueden donar los gélidos embriones que no vayan a ser utilizados por sus propietarios?, ¿hasta dónde se podrá decidir el diseño de la descendencia? ¿Cómo democratizar estos adelantos de la ciencia para que no sólo los ricos puedan acceder a ellos?, ¿cómo garantizar el derecho a la longevidad para todos los ciudadanos?, ¿cuánto debe durar la vida laboral y cómo hacerla más agradable si la gente vivirá más años? ¿A qué tipo de familia se pertenecerá si el amor se sigue diversificando?, ¿cuánto de todo esto soporta la psique humana manteniéndose en condiciones saludables?, ¿cuánto aguanta la carne? ¿Qué hará el alma para alcanzar a estos trenes imparables?

La ciencia está cambiando la vida, la intimidad familiar y, de paso, ampliando los temas del debate público. Todas las cosas que consideramos esenciales tendrán que ser actualizadas para evitar desequilibrios. Actualizar la concepción, el amor, la familia, el trabajo, la tranquilidad personal y la felicidad. El bebé probeta es de hace treinta años, el diseño genético, la apertura en los tiempos y en los propietarios de la fecundación, y los efectos de una mayor longevidad son los asuntos del futuro inmediato.

La sociedad va dejando atrás las viejas locomotoras. Su hijo caucásico sigue creciendo; ella tiene puesta la ilusión en él. Una de sus amigas cercanas se ha decidido, irá a Londres a iniciar un tratamiento de reproducción asistida, y elegirá niña. Ha pasado los cincuenta, tiene novio, pero se siente libre, libre de cualquier compromiso. La vida viaja ahora sobre pistas más veloces.

*Fotografía: Obra teatral Tres, Madrid 2009.

>>Publicado en: http://www.semana.com/noticias-opinion/apuesto-inteligente-ojos-azules/145695.aspx

Tiempo de desastres

20-09-2010

Lo peor son los rostros suplicando ayuda, las mismas expresiones marcadas en las líneas y los músculos del rostro. El mismo sufrimiento. Unos con menos o más trapos, unos más oscuros que otros, y casi todos con poco que salvar. Desastres que pudieron ser mitigados, en países que parecen resignados a hacer poco para evitarlos.

Fantasmas corriendo sin paradero, niños llorando, cuerpos cubiertos de polvo a la espera de ser rescatados de los escombros, el año empezó con el desplome de Haití. Ocho millones de animales que no soportaron el pasado invierno provocaron una crisis humanitaria en Mongolia. El calor penetra la tierra hasta que las brazas del fuego se extienden sin control desde las raíces de los árboles, más de un millón de hectáreas y todo lo que albergaban consumidas en las viejas tierras frías de Rusia. El agua al cuello, restos del ganado flotando en las aguas cenagosas y descontroladas del Río Indo, pueblos enteros encharcados, enfermedades, incontables pérdidas, veinticinco por ciento de las tierras de Pakistán terminaron inundadas por las lluvias del monzón. Lodos y deslaves, tierras enteras anegadas en México y Centroamérica, la temporada de huracanes apenas empieza.

Todos los anteriores desastres tienen varios asuntos en común. Su intensidad no se había presentado así en décadas o siglos; la extensión de los afectados y de los daños es cada vez mayor cuando se compara con eventos similares ocurridos en el pasado; y -exceptuando el caso de Rusia- la mayor parte de las víctimas son los habitantes pobres. Pero, por qué, ¿cuáles son las razones para que esto esté sucediendo? La primera respuesta en boca de los políticos apunta hacia los efectos del cambio climático. Esta respuesta es la carta más fácil a la mano, especialmente porque parece recordar la pequeñez humana frente al poder de la naturaleza y, por lo tanto, la condición inevitable de los desastres naturales. Sin embargo, esta respuesta no es precisa y además confunde.

El cambio climático está relacionado con las crecientes variaciones que puede tener el clima alrededor del planeta y, de forma muy cercana, determina la mayor o menor intensidad de los fenómenos naturales, pero no es el responsable concreto de un desastre en particular aunque esté relacionado con él. Dadas todas las medidas de prevención de riesgo con las que pueden contar hoy por hoy los estados para mitigar el impacto de los fenómenos naturales extremos, la responsabilidad termina recayendo en los gobiernos y en sus políticas de desarrollo. Los terremotos, huracanes, tsunamis, deslaves siempre han ocurrido y seguirán ocurriendo, no obstante, el hecho de que terminen sepultando poblaciones enteras, depende en cierta medida de lo que se haga o deje de hacer.

Un ejemplo concreto sobre esto son los casos de Perú y Japón. En un mismo año ambos países pueden estar expuestos a similares desastres naturales. No obstante, mientras en Perú la cifra de muertos se elevaría a miles, en Japón se contabilizarían sólo decenas –para principios de la década pasada, la ONU reportaba dos mil novecientos muertos en un solo año en Perú; para Japón, sesenta y tres. El asunto es claro, los países ricos contabilizan menos muertos y pérdidas materiales ante una amenaza natural porque se anticipan a los desastres, porque fortalecen las zonas o los sectores que puedan ser más vulnerables.

En los países pobres, esto no se hace, o se hace mal: los pobres encaraman sus favelas en el barranco que se caerá el próximo año, las autoridades permiten construir en tierras inundables, tal como ha pasado en Centroamérica y en México; se secan los pantanos que le dan estabilidad al caudal del río, se deforestan sus tierras cercanas, se ponen espolones para reconducir su caudal o no funcionan los sistemas de alertas tempranas, tal como ha sucedido en Pakistán; se cría un ganado que vuelve improductiva la tierra, tal cual ha pasado en Mongolia; se corta hasta el último árbol y se construye sin las mínimas precauciones antisísmicas, tal cual ha sucedido en Haití; se subestima la planeación urbana y se educa muy poco a la población en la prevención de los riesgos, como ha pasado en todos ellos. Así, es muy fácil provocar desastres y muy fácil que parezcan eventos apocalípticamente inevitables.

En general parece imposible volver al pasado, pero los hechos son contundentes. Nos muestran que este viejo deseo es dramáticamente posible, y no sólo esto, sino que también al llegar al pasado los viajeros pueden permanecer allí durante décadas enteras. De esto pueden hablar con propiedad los haitianos. El pasado terremoto sacudió al país durante escasos treinta y cinco segundos, un instante suficiente para que este pobre Estado retrocediera una década entera en su ya lánguido desarrollo.

Todos los días caen fuertes lluvias, todos los días hay fuertes olas y todos los días el suelo se estremece en algún lugar del planeta. La tierra siempre está en movimiento, y eso es humanamente inevitable; pero cómo se organizan y acomodan los seres humanos sobre su superficie, dónde y cómo construyen sus habitáculos para evitar que sean afectados o destruidos por las amenazas de la naturaleza es un asunto de su responsabilidad. Y, fundamentalmente, una responsabilidad de sus líderes políticos.



*Fotografía: Newsweek (Getty Images, left; AFP-Getty Images, right).


Mongoles, neandertales y lagartos: tan lejos y tan cerca

28-05-2010

Los recogen donde murieron. En el lugar donde sus patas se derrumbaron por el hambre y los vientos gélidos del invierno. La gruesa piel ya no encuentra la carne que la alejaba de los huesos. Los cadáveres son apilados unos sobre otros en carretas de madera para luego ser enterrados en zanjas. Vacas, camellos, caballos, cabras y ovejas son recogidas de los establos ahora que la primavera ha empezado a menguar el frío. Estremece ver tantos animales muertos unos sobre otros hasta sumar más de ocho millones, una cifra de holocausto. Esto está pasando ahora, en Mongolia. ¿Dónde? Sí, en esas tierras de Asia que parecen no existir.

Cerca de ochocientas mil personas se han visto afectadas. Mongolia es un país pobre, donde casi un tercio de sus tres millones de habitantes son nómadas, y una gran parte de ellos combinan su forma de vida con la ganadería. La sucesión de estaciones extremas explica la situación difícil que ahora está viviendo. Estimulados por el aumento del precio del casimir la década pasada, los pastores aumentaron la cría de cabras desplazando a la de ovejas. Pero las cabras no sólo se comen los cogollos del pasto, sino que también meten sus dientes en las raíces, y sus pezuñas degradan la tierra. El último verano fue demasiado seco y la hierba no creció lo suficiente, luego siguieron fuertes nevadas, hasta que finalmente un invierno del que no se recuerdan antecedentes vino a matar a unos animales que ya estaban flacos. ‘Tenías que estar toda la noche chequeando el corral para estar seguro que ningún animal fuese enterrado por la nieve’, dice Tsegmediin Purevsuren, uno de los pastores que ha perdido casi la totalidad del rebaño.

Un mal uso del suelo, por un lado, y los efectos extremos del cambio climático en la intensidad de las estaciones, por el otro, tienen a este país en estado de emergencia humanitaria. Naciones Unidas ha intervenido rápidamente pagando poco más de un dólar y medio por cada cadáver enterrado para evitar el surgimiento de enfermedades y la contaminación del agua. Y es de esperar que un problema de esta magnitud trajera aparejado otros más. Los pastores empobrecidos y sin formación se desplazan a los tugurios urbanos, y la mortalidad infantil se ha disparado debido a la escasez alimentaria.

Cómo se puede entender todo esto. En los últimos días los Neandertales han recobrado actualidad, porque finalmente la genética vino a comprobar lo que ya era una tesis fuertemente aceptada por la paleontología: que Sapiens y Neandertales se dedicaron en algún momento de la historia al acto de la copulación, y he aquí sus descendientes. Las poblaciones de origen europeo y asiático poseen entre un uno y un cuatro por ciento de genes que provienen de los Neandertales. No obstante, sobre ellos subsisten asuntos más inquietantes. Y en las respuestas a veces es mejor no profundizar para no entrar en pánico. Qué paso con ellos. Por qué no están aquí con nosotros compartiendo nuestras angustias y soledades. Cuánto padecimiento significo la desaparición de cada uno de ellos. Una de las razones principales que se esgrime sugiere que se extinguieron por la presión que ejercieron la falta de alimento y las fuertes condiciones climáticas. Las poblaciones de Sapiens lograron extenderse, no sin padecimientos, a lo largo del planeta y a los lugares donde han llegado han dejado su huella. Una huella penetrante que arrincona a toda la naturaleza y a la propia existencia humana.

Gorilas, bonobos, elefantes, tortugas, iguanas, armadillos, ranas, tiburones… se encuentran en vía de extinción. Ahora también los lagartos, que debido al aumento de temperaturas tienen que pasar más tiempo en la sombra en desmedro del tiempo que dedicarían a la alimentación. Cerca del uno por ciento de las especies de la tierra desaparecen cada año. En todos estos fenómenos está implicada la presión humana.

De este modo, aunque parezca tan lejano, los mongoles, las cabras que aún les quedan y los lagartos del trópico están compartiendo el origen de un gran problema. El incontrolable exceso de los propios seres humanos. Sus acciones en conjunto tienen la capacidad y el poder de cambiar las condiciones climáticas, de secar los ríos, de degradar la tierra que se necesita y de determinar si se extinguen o no más especies. La desaparición de los Neandertales pudo provenir del arrinconamiento de la naturaleza, no obstante, miles de años después sus concubinos han logrado hacer lo contrario, y con ello, arrinconarse a sí mismos.

La crisis de los pastores mongoles ha encendido las alarmas en el mundo apuntando a los efectos devastadores de la degradación ambiental y el cambio climático. Ahora se teme que la lluvia y los vientos de la primavera puedan estropear aún más sus tierras.

El país invisible del viejo Gengis Khan necesita ayuda.

Fotografía: Gilles Sabrie para el The New York Times, 19-05-2010.

Una Aldea civilizada

14-05-2010

Hay que tener coraje para haber estado allí viendo cómo los aviones rusos surcaban el cielo y las máquinas de guerra hacían gala de su poderío. Qué hacía Angela Merkel en medio de una conmemoración que habría podido herir el alma germana. Rusia estaba de fiesta, mientras la canciller observaba con templanza estrechando la mano de sus homólogos. La Plaza Roja de Moscú vivía un aniversario más de la derrota de la Alemania Nazi, albergando por primera vez a miembros de las tropas aliadas.

Una máquina dedicada a la aniquilación de pueblos fue detenida y ‘se puso fin a una ideología que destruía los fundamentos de la civilización’, proclamaba el presidente ruso Dmitri Medvédev en presencia de la líder. Durante todos estos años los alemanes han asumido su culpabilidad del holocausto judío, han pedido perdón, han contribuido con indemnizaciones y se han tragado la humillación de su derrota como ningún otro pueblo de Europa lo había hecho antes. Representan al mismo tiempo el ejemplo de un ego ambicioso y sangriento que nunca se debe imitar y el de una conciencia de la derrota y de la culpa digna de respeto. Y en numerosas ocasiones han honrado la memoria de los muertos que produjo su vieja ambición totalitaria.
Tal vez hubo un momento en la historia lejana de los humanos en que simplemente se actuaba sin mucha conciencia y en donde matar a otro ser humano era un acto más entre los muchos otros que se presentan en la vida, un acontecimiento que ameritaba muy poco remordimiento. Sin embargo, con el paso de los tiempos este acto se ha ido cercenando lentamente para ir perdiendo el valor que algunas culturas pudieron haberle otorgado. La vida persevera de modo natural, pero con el progreso de la conciencia se ha convertido además en el valor más importante. Los hombres han continuado matándose a lo largo y ancho del planeta, las masacres no han disminuido aunque sí lo han hecho las cifras cotidianas de violencia.
El trago amargo que ha bebido la Canciller es el mismo que han empezado a beber los rusos con la asunción de los crímenes generalizados que comandó Stalin contra el propio pueblo ruso y contra la élite polaca. Tanto les cuesta a los rusos y a los seguidores del comunismo en todo el mundo reconocer que las persecuciones, crímenes selectivos y los grandes campos de trabajo forzado de Stalin produjeron sufrimientos equiparables a los que cocinó Hitler. El sentimiento de afecto hacia su figura aún es fuerte en el pueblo ruso, su imagen intenta permanecer en modernos carteles publicitarios, velas y flores son puestas al pie de su fotografía en las zonas rurales, pero el lugar que ocupa ahora en la historia remite a la memoria de las víctimas que produjo. Lo que Stalin ''hizo con su pueblo es imperdonable', el régimen que dirigió 'sólo puede calificarse de totalitarismo', ha dicho Medvédev, algo que apenas empiezan a reconocer los rusos. Un trago áspero del que el mismo Vladimir Putin ha bebido al honrar por primera vez la memoria de los veintidós mil polacos aniquilados uno a uno en los bosques de Katyn y en otras tierras de la Unión Soviética, bajo la firma de Stalin.
Estos actos de reconocimiento que parecen perderse en la marea de acontecimientos tienen la fuerza especial de elevar la conciencia sobre la valía de la vida, a la vez que contribuyen a hacer más soportable el resentimiento que podría llevar a la venganza o a la amargura interminable de los que se siguen sintiendo heridos.
También es cierto, no obstante, que el coraje de asumir la responsabilidad por la sangre que se ha derramado es algo de lo que aún carecen algunos estados. Turquía se empeña en no reconocer el genocidio de cerca de millón y medio de armenios cometido en tiempos del Imperio Otomano. China sigue manteniendo el tabú sobre las tragedias que implicó su revolución cultural. Otros prefieren la cobardía al coraje de juzgar a los culpables y honrar a sus muertos, como lo sigue haciendo España al acorralar a los que piden toda la verdad sobre las víctimas del franquismo, Brasil al frenar la revisión de ley de amnistía que impide juzgar a los torturadores de su última dictadura, o Serbia al pedir perdón a medias por su responsabilidad en la masacre de Srebrenica. A pesar de todo ello, el horizonte que ha trazado la humanidad está claramente definido. Poner fin a los desenfrenos sangrientos en cualquier lugar de este planeta.
No podemos transformar el pasado aunque conozcamos con precisión todas las atrocidades con las que carga, pero sí sabemos con certeza que el futuro depende de todo lo que se pueda mejorar ahora. El progreso es sobre todo también el progreso de la conciencia y superponerla a lo injustificable e inaceptable de los crímenes atroces y de toda forma de aniquilación o persecución ideológica, es una tarea que cuesta, pero su resultado puede hacer del mundo una aldea más humana. Donde el llanto lo produzca la alegría de haber alcanzado una aldea más civilizada.
Fotografía: Imagen manchada de Stalin en un bus de San Petersburgo -AP 06-05-2010.

Día de la Tierra, a flor de piel

21-04-2010

La belleza tiene unas alas concebidas para conmover, para atraparnos en sus sedas intangibles, para hacernos reconocer las profundidades más ignotas de nuestra pequeñez e ignorancia. La belleza de la naturaleza flirtea con los sentidos hasta llegar a ese misterio que llamamos alma. Ella crece, muta e, incluso, se nutre de lo descomunal, de lo mortal, del rugido de los volcanes, y perdura a pesar de los desastres evitables. Puede ser imperceptible a primera vista y colosal al mismo tiempo.

Sólo esta joven puede decir que lo tuvo en sus manos, durante unos minutos fugaces su alegría se enlazó a la de todos aquellos investigadores que han tenido la misma fortuna de avistar una nueva especie o de reencontrarse con alguna que se había considerado desaparecida de la faz de la tierra. Esa mezcla de azules oscuros y marinos, de pequeñas plumas verdes que no dejan de brillar y ese pico tan distintivo que cualquier flor codiciaría. Este colibrí no había sido visto por décadas y se creía extinguido, calló en las manos de Laura Cárdenas, una investigadora de aves migratorias que trabaja en las montañas del El Dorado, una pequeña reserva natural de la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia. ‘Ella sólo tuvo un pedacito de suerte’, dice uno de los directivos del proyecto, que sabe lo que vale el privilegio de haber tenido entre las manos a un ser que se creía desaparecido para siempre. ‘El colibrí justo voló hacia la red, simplemente por casualidad’. Laura le tomó una foto para que el planeta tuviera constancia. Luego lo liberó.

Tres mil quinientos millones de años de evolución. La tierra es un ser vivo que prodiga para toda ella, y no para nadie en especial. Entre las selvas y pantanos del Gran Mekong, en el sureste asiático, se ha descubierto un ciempiés rosado que desprende cianuro para disuadir a sus atacantes. Esta exuberante región, que parte desde el sur de China y atraviesa Laos, Tailandia, Camboya, Vietnam y Birmania, sólo empezó a ser explorada por los investigadores a finales del siglo pasado debido a los conflictos políticos que la han azotado. Sin embargo, únicamente en lo que va de este siglo se han descubierto más de mil nuevas especies. Seres que eran desconocidos para el planeta. Víboras de cascabel que impresionan por su verde intenso, conejos rayados, ranas con huesos color turquesa y sangre verde, arañas gigantes, bananos silvestres con cáscara escarlata. Todo un submundo no imaginado.

Pero hay que darse prisa, correr contra el tiempo antes de que se tale la próxima selva aquí o allá, antes de que se expandan descontroladamente nuevos territorios para cultivo, antes de que el ganado endurezca el suelo, antes de que se desplome la siguiente montaña, antes de que los cazadores lancen sus redes, antes de que la ciudad se coma el siguiente humedal. Para que se tenga una idea de la magnitud del reto y de lo asombroso que es la vida, he aquí un dato. Apenas se han registrado uno punto ocho millones de especies en el mundo, de los entre cinco y treinta millones que se estima existen en la tierra. Y de ese millón, apenas se ha podido estudiar el dos coma siete por ciento.

Cada nuevo descubrimiento es una emoción, aunque también, por lo regular, todo lo contrario, debido a que pasa a engrosar la lista de especies en vía de extinción. Se estima que unas quince mil se encuentran en peligro grave. El treinta y cinco por ciento de los anfibios, el veinticinco de los mamíferos y cerca de la mitad de las especies de los arrecifes de coral, según reporta la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Cada año, los seres humanos contribuyen a la desaparición del uno por ciento de las especies del planeta, alerta la Sociedad Zoológica de Londres. ‘Cuando vuelves a un sitio donde había un trozo de selva, ya no está. Procuras coger lo que puedes […] La biodiversidad desaparece antes de que nos dé tiempo a describirla’, dice el investigador español Rafael Zardoya.

A pesar de todo ello, los follajes de la vida continúan extendiéndose en cada pedazo donde le permitimos. Hay esperanzas de que aún se pueda revertir parte del daño que se ha causado. Este siglo ha empezado con el preludio de varias crisis ambientales, pero también con un aumento de nuestra sensibilidad hacia la naturaleza.

Estamos en época de lluvias, de primavera, de colibríes que aletean entre todas las flores coloridas que se promocionan. El suelo reverdece allí donde parecía seco y las secuoyas milenarias muestran todo su poder y esplendor. Los pájaros revolotean a los primeros rayos del sol y los parques animan la vida en las ciudades. Es tiempo de cortejo y apareamiento. Es tiempo de introducirse entre el verde de las montañas a tomar bocanadas de aire puro y celebrar el milagro que sigue siendo aún la vida en la tierra.


Fotografía: Niño en las cascadas de Kuang Si, Laos -John Stanmeyer, National Geographic.

Publicado en:

http://www.diariocritico.com/peru/2010/Abril/opinion/madrid/204539/madrid.html