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Del Caguán al 'para-gate'

3-03-2007
Camiones del Ejército transportaban soldados jóvenes. Cuando las cámaras los enfocaban, mostraban esa alegría mestiza que ha acompañado a nuestra violencia. Gente en la zona aplaudía a su paso. Los medios, arte y parte del espectáculo se encargaban de estimular el asunto. Júbilo. Voces de aprobación. La idea era ‘recuperar’ lo que horas antes había sido la zona de distensión. El más importante experimento de diálogo entre un gobierno y las Farc había llegado a su fin.

Encuestas, intereses mezquinos, impaciencia, rabia y errores de la partes arrojaron a la caneca tres años y seis meses que aún hoy siguen siendo subvalorados por los señores que se excitan con la guerra en este país. Al instante nos volcamos a las urnas para desfogar nuestras pasiones. Muchos esperaban un rápido desenlace similar al de las películas hollywoodenses. La hora y media de espera se convirtió en cinco años de mentiras y bravuconadas entre el gobierno y las Farc y en cinco años en que los paramilitares se desarmaron para rearmarse.

En el entretanto, mientras el sueño de la victoria lo deglute la pesadilla de la realidad, se producen hechos importantes. Se proscriben de facto las exigencias ciudadanas que presionaban por una solución pronta y negociada del conflicto. Se reforma la Constitución exclusivamente para reelegir al actual Presidente. En un tiempo récord, el gobierno negocia con los paramilitares y logra la desmovilización de 32.000. Baja la tasa de homicidios. Se aprueba la Ley de Justicia y Paz.


Nace un nuevo partido político de izquierda. Se relanza el cabildeo para el Plan Colombia II. Continúan en la selva los secuestrados de las Farc. Y la Corte Suprema ordena encarcelar a nueve congresistas, por presuntas acciones criminales efectuadas en alianza con paramilitares. Crece la desazón general. Que se salve quien pueda. Muy lentamente el viejo júbilo se va derritiendo entre los fogonazos afilados de una crisis política que tiene más de lo que se necesita para ser una crisis de gobierno. Nuestro Watergate recargado. El país regresa a las mismas amarguras y lamentaciones de siempre.

Toda una sucesión de hechos para volver después de cinco años a los mismos problemas: la urgencia de desterrar una clase política perversa que gobierna de espalda a las necesidades de la gente, y la urgencia de encontrarle una salida política e irreversible al conflicto armado.

El escándalo del ‘para-gate’ no hace más que confirmar la permanencia de estos dos problemas. Primero, porque vincula directamente a dignidades del Estado (senadores, representantes, embajadores, gobernadores…) con crímenes y delitos electorales fraguados en alianza con un actor armado –el más sanguinario de todos los sanguinarios–. Y segundo, porque ese actor armado sigue activo y rearmándose con el principal combustible del conflicto, el narcotráfico.

Se cumplen cinco años en que la mayor parte del país se la jugó en las urnas para tapar con tierra y plomo todo lo que significaba el fracaso de los diálogos de paz en San Vicente del Caguán. Y mientras esto parecía cumplirse, la retórica de la lucha contra la politiquería, la corrupción y los terroristas asesinos nos deslumbraron. Pocos se percataron de que los politiqueros, corruptos y simpatizantes del terrorismo asesino siguieran paseándose por las alfombras rojas de las principales instituciones del Estado.

Hoy como ayer, nuestros dirigentes políticos se encuentran frente a las mismas salidas. Una: volver a la manía de efectuar reformas constitucionales para no solucionar nada. Y otra: sentarse en una misma mesa a dialogar y a planear –dejando de lado los odios viscerales– el país del futuro y lo que se requiere para lograrlo.

Si la crisis actual en algún momento nos convence de salir del alumbramiento, observaremos que la pesadilla que quisimos sepultar hace algunos años sigue allí. Sonriéndonos.

>>Publicado originalmente en:

http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=101565

Ovejas en tiempos de 'parapolítica'

26-02-2007
Hay palabras llenas de razón y profundidad humana. “Sin verdad, la reconciliación es como una cicatrización en falso, la piel se ve sana pero la infección queda por debajo. Sin verdad, no se desprevienen los corazones. Sin verdad el perdón no es sincero, se mantiene por allá, anidada una semilla de venganza”. Desmond Tutu, quien fuera el presidente de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación en Sudáfrica, acogería estas palabras.

Pero no son suyas. Luego de la segunda declaración libre ante la Fiscalía del ex jefe paramilitar, Salvatore Mancuso, el Presidente ha reforzado su discurso. Enfatiza como nadie en la verdad y la reconciliación. Sus palabras sorprenden. El mundo “va tener que aprender a respetar a Colombia” por su Ley de Justicia y Paz. “A mí me parece muy importante la verdad total”.

Y tal vez tenga alguna razón. No obstante, quiere recoger frutos que no le pertenecen, o lo que dice no corresponde con lo que hace. En primer lugar, la verdad total nunca fue un objetivo fuerte en la Ley de Justicia y Paz. Hoy los ex jefes paras están obligados a decir toda la verdad gracias la sentencia de la Corte Constitucional, que eliminó la ‘laxitud’ que tenía la ley en este sentido.

Y si en este momento Rafael Pardo se encuentra en las toldas del Partido liberal se debe, entre otras, a que fue tratado de desleal en las toldas uribistas por no apoyar los primeros textos que redactó el gobierno. Ninguno de los proyectos que presentó el gobierno -el del Ministerio del Interior y el del Comisionado de Paz- exigía la confesión plena. Además de que maniataban a la justicia dándole poco tiempo (60 días) para investigar y verificar los hechos que fueran declarados por los ex paras en sus versiones libres.

En segundo lugar, el verbo presidencial se verifica con políticas públicas concretas. Si la verdad y la reconciliación son un compromiso hondo debieron tener, por lo menos el año pasado y este que transcurre, un capítulo y un rublo significativos en el Presupuesto Nacional, pero no. Lo poco que hay sólo alcanza para que la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación medio funcione.

Ahora, se dirá que la verdad y la reconciliación son asuntos de futuro. Perfecto. Pero si se mira el documento de futuro de este gobierno, Visión Colombia, Segundo centenario: 2019, no aparecen por ningún lado.

Y en tercer lugar, la otra cara de su discurso está lejos de la reconciliación y la verdad. Al inicio del primer mandato “nosotros encontramos no menos de 60 mil terroristas” en el país. Estos señores son “sicarios de la democracia”, ha dicho en Costa Rica ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Y puede que acierte técnica o figurativamente. Pero, ¿es este el lenguaje que promueve una nueva relación entre víctimas y victimarios?

Ha dicho también ante el cuerpo diplomático que “la búsqueda de la verdad no es la acción de sembrar el odio”. Sin embargo, pocos días después calificó a ex miembros del extinto M-19 de “terroristas de traje civil”. Este es el lenguaje que sanará las heridas.

Se puede contra argumentar sosteniendo que los gobiernos pueden rectificar sus políticas en el camino -y ojalá todos tuvieran el carácter para hacerlo. Pero aquí no hay ninguna rectificación. Hay sí, un camuflaje y un intento de fabricar una coraza de inmunidad ética en medio de la cacería que implica la ‘parapolítica’ -que conduce por varias trochas, vergonzosamente, a la figura del Presidente.

Adicionalmente, en un país de tantos excesos históricos los temas de la verdad y la justicia tocan la sensibilidad de la gente de a píe. Hoy estos temas son más sensibles incluso que los temas de la seguridad democrática. Hay aquí una mina antes subestimada que en la coyuntura actual puede mejorar la imagen pública. Pobres Ong, primero estigmatizadas y ahora plagiadas.

Pero no. Difícilmente los lobos pueden disfrazarse por mucho tiempo de oveja porque sus patas y su condición carnívora los develan. “Alcanzar el éxito compitiendo agresivamente y triunfando a expensas de los demás es completamente censurable”. Diría Desmond Tutu.

El Presidente no sólo quiere salir airoso de la ‘parapolítica’, sino que quiere hacer creer que ha luchado por lo que no ha luchado. Censurable.

Un acuerdo entre demonios

04-01-2006
El tiempo va demostrando que los problemas de este país desbordan las soluciones partidistas y, sobre todo, las mesiánicas. También va demostrando que este conflicto armado con todos sus excesos y barbaridades -este que el actual Presidente bañado en prepotencia consideró que no existía- es consustancial al propio Estado, es decir, que se cría y desarrolla como gusano baboso entre sus vísceras.

En las últimas semanas, las instituciones judiciales del altiplano montañoso y frío están convirtiendo en verdad jurídica las verdades que se desayunan y padecen día tras día en el calor de las costas y las llanuras. El escándalo de la 'parapolítica'.

Senadores, gobernadores, diputados, militares, policías, fiscales, jueces, por mencionar la punta del iceberg, son acusados o aparecen envueltos en la conformación de grupos paramilitares, es decir, de masacradores en serie. La imagen límpida que quisieron construir los gobiernos para ganar legitimidad entre los habitantes y arrinconar políticamente a las guerrillas se ha reventado con los mafiosos y delincuentes que calientan las sillas de la burocracia estatal.

En este escenario, en el que se avizora una crisis política, el ex ministro de hacienda Rudolf Hommes pregunta: "¿Y ahora quién ejerce el liderazgo moral?". Cuestión clave, dado que todos los implicados en este escándalo hacen parte de las filas políticas del actual gobierno.

Que se diga toda la verdad, que salgan a la luz pública todos los que se bañaron con la sangre vertida por los paramilitares, se escucha en los medios. En una aproximación elaborada por la Fundación Seguridad y Democracia, de darse esto, la cifra de involucrados superaría las cinco mil personas, incluyendo solo a alcaldes (480), concejales (1.200), oficiales y suboficiales de la Policía (360), oficiales y suboficiales del Ejército (720), empresarios (1.200). La misma fundación reconoce que estos son cálculos conservadores.

Este es un problema de tal magnitud, que desborda los aparatos de justicia en dos sentidos. Porque no tienen la capacidad material de investigar, procesar y encarcelar a tanta gente y porque no se sabe cuántos de los jueces, fiscales e investigadores también comulgan con estos grupos. Y esta es solo la mirada de un costado; al frente estaría la que resulta de hacer el cálculo de todos los patrocinadores o colaboradores que también se han revolcado en la sangre esparcida por las guerrillas.

En este panorama de extraño posconflicto se plantean soluciones a medias o equivocadas. La senadora Piedad Córdoba pide revocar el Congreso y convocar una asamblea constituyente. Pero, en el primer caso, de llevarse a cabo una revocatoria, solo tendríamos la sensación de un Congreso renovado, pero sin que en el fondo se haya cambiado nada. Y en el segundo, una constituyente donde queden por fuera los mismos grupos guerrilleros que quedaron por fuera hace quince años es condenar en su nacimiento a la constitución que resulte. Primero el país debe solucionar este conflicto y saber toda la verdad antes de distraerse en competencias electorales.

Se ha recordado la propuesta de crear una ley de punto final, hecha hace algunos años por el senador Jaime Dussán. Perdón y olvido para todo mundo. No obstante, en esto la Corte Constitucional, amparada en el derecho internacional, ha sido clara. "No se admiten el otorgamiento de autoamnistías, amnistías en blanco, leyes de punto final o cualquiera otra modalidad que impida a las víctimas el ejercicio de un recurso judicial efectivo".

Los paramilitares desmovilizados que veranean en La Ceja piden una comisión civil de la verdad, ante la cual puedan revelar los vínculos que tuvieron con la clase política. Pero esta propuesta busca más salvar sus propios pellejos y evitar quedar como delatores de sus admiradores y patrocinadores políticos antes que servir para la reconciliación nacional.

El senador Gustavo Petro ha invitado al Presidente a impulsar un acuerdo nacional por la verdad que incluya reformar los sistemas electoral y de partidos y la Ley de Justicia y Paz. Hasta ahora el Presidente no ha respondido porque en su cabeza solo piensa en cómo traer a este nuevo escándalo los excesos cometidos por el M-19, grupo guerrillero desmovilizado hace más de quince años. Sin embargo, independientemente de esto, si se propone un acuerdo multipartidista, este no debe circunscribirse solo a la verdad, porque ¿qué gana el país teniendo un acuerdo por la verdad si los que prosiguen la guerra continúan con su saldo macabro, sus mentiras y ocultamientos?

En esta lista de propuestas, el Presidente es el que más ha hablado sin decir en el fondo nada importante. Nada a la altura de la magnitud de las circunstancias. Que la Corte Suprema lleve hasta el final las investigaciones, que descubra toda la verdad. Que todos los congresistas implicados se presenten a declarar ante la justicia. Que si alguien tiene pruebas de que él ha participado en la conformación de grupos paramilitares que las muestre. Que la verdad debe abrazar también a los patrocinadores de las Farc, del Eln y del extinto M-19.

Y en los últimos días ha dicho que toca reformar la Ley de Justicia y Paz. "Esa Ley parece muy blandita frente a los paramilitares y es tan dura frente a la guerrilla que no la acepta; toca reformarla." La misma ley que expertos y periodistas un año atrás ya le habían dicho que era incompleta y débil. Tanta retórica, cuando lo que se necesitan son políticas de Estado serias, profundas.

En el fondo de todo este desorden, lo que aparece, en primer lugar, es la necesidad de solucionar un conflicto armado que, con el músculo del narcotráfico, ha permeado todos los rincones de la sociedad colombiana. Y en segundo lugar, la necesidad de planear el posconflicto con todas las fuerzas políticas, asumiendo los desafíos que conlleva en reconciliación, verdad y reformas sociales y políticas.

Se requiere un acuerdo nacional para el posconflicto lo más incluyente posible, que establezca claramente las rutas de negociación con las guerrillas y los paramilitares, las reformas constitucionales y jurídicas necesarias y las metas de reconstrucción de mediano y largo plazo. Nada de esto significa dejar de juzgar a los que hayan tenido mayor responsabilidad en los excesos de la guerra. Esa idea pragmática de que la solución provendrá de negociaciones entre un gobierno fuerte y un grupo armado específico ha puesto a deambular en círculo al país.

El liderazgo en un acuerdo de esta dimensión no se puede esperar del gobierno actual, porque ni le importa y ni es de su naturaleza. Este es un gobierno de mayorías, inclinado a imponer su modelo de país. Este no es un gobierno de consenso ni de reconciliación. En consecuencia, la iniciativa recae en los medios de comunicación, Iglesia, iniciativas de paz, movimientos y partidos políticos que están por fuera del Gobierno. Pero todo esto sin excluir al Gobierno.

Si aceptamos hipotéticamente que toda la sociedad está salpicada y que no hay quien ejerza el liderazgo moral, esto es, que todos de alguna forma somos demonios, eso significa que en las circunstancias en las que se encuentra el país es urgente que los demonios líderes dejen de lado la xenofobia política y la aureola de perfección y salvación que no tienen y se sienten a dialogar para encontrar soluciones que nos permitan salir de este infierno que tanto devora y atormenta.

>>Publicado originalmente en:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/otroscolumnistas/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3352044.html